TEMORES Y ESPERANZAS

En la mayoría de las ocasiones cuando nos enfrentamos ante algo nuevo experimentamos cierto “Temor” dependiendo el grado de éste  por aquello que  nos ocupa. Así, no es el mismo grado de temor el que experimentamos cuando nos subimos a algún juego mecánico (montaña rusa, rueda de la fortuna, sillas voladoras etc.), que cuando vamos a una entrevista de trabajo, recibimos boletas de calificaciones de los hijos, y qué decir de ese momento tan importante en nuestras vidas que significó el pedir la mano de la novia.

¿Por qué sentimos temor? Son muchas las razones pero todas ellas se engloban en una sola que es la inseguridad, si esa inseguridad que es consecuencia de: la ignorancia, desconocimiento, sentimiento de culpa, alta o baja auto estima, desanimo, etc. Y . . . sin embargo este mismo temor nos lleva a vivir el momento, enfrentar la experiencia con un halo de “Esperanza”, de tal suerte que mi temor por subirme a la montaña rusa propicia en mi la esperanza de que soporte el viaje sin marearme o que simplemente no funcione y me libre de tremendo susto.

La esperanza según la definición de Wilkipedia “es un estado de ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables relacionados a eventos o circunstancias de la propia vida o el mundo en su conjunto”. De acuerdo a esta definición la esperanza es lo que nosotros deseamos (de manera anticipada) que pase ante tal o cual situación, es lo que esperamos con cierta confianza que suceda.

¿Te has preguntado, con relación a tu fe, cuáles son tus temores y cuáles son tus esperanzas?

Un ejercicio que te puede resultar útil para reflexionar sobre este cuestionamiento es el escribir en una hoja: por un lado tus temores y del otro tus esperanzas.

DINAMICA: UN ALTO EN TU CAMINO

Vamos a empezar nuestra jornada con una plática que se llama » Un Alto en tu vida!». Antes que nada, quiero felicitarte sinceramente por haber venido a la Jornada. Muchos hoy en día no se toman el tiempo de detenerse y reflexionar. Nos gusta vivir la vida y nos lanzamos como si fuéramos inmortales, como si la vida nunca se nos fuera a acabar. Hasta desperdiciamos el tiempo porque pensamos que mañana habrá otro día. Pero no es así, tu vida es importante, es valiosa, es única e irrepetible.

Nunca volverás a vivir el día de hoy: ¿Cómo lo viviste? Tal vez has desperdiciado el tiempo, o peleado, o hecho enemigos… ¿Sabes si estás viviendo adecuadamente? ¿Quizás estás desperdiciando tu vida?

ANALOGIA: LA VIDA ES UNA CARRETERA.

La vida es como una carretera, y tú vas en tu automóvil; por alguna razón que solo tu conoces vas a toda velocidad, vas a toda prisa, sin fijarte en nada, no te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor. Y de pronto un semáforo en rojo te obliga a detenerte de golpe, rechinando llantas. Así también sucede con nuestra vida: Está llena de prisas, de superficialidad, de relaciones vacías.

Y no nos detenemos a menos que alguien o algo nos haga reflexionar. ¿Te has detenido a pensar a dónde vas, a dónde te conduce esta carretera? ¿Tienes tu mapa, tu destino claro, un auto en buen estado?

Observa además que tu automóvil tiene una característica muy importante: No tiene reversa. Esto significa que no puedes echar marcha atrás, que el camino recorrido ahí está, es parte de ti, de tu vida que solo puedes verla por el retrovisor; podrás vivir mañana otro día, pero el día de hoy no lo puedes volver a vivir, por más que lo desees.

¿Has atropellado a alguien con tus imprudencias? ¿Sabes conducir tu vida? ¿Te estás preparando a hacerlo? Precisamente porque tu vida es tan importante, porque no estamos hablando de futbol, porque estamos hablando de personas con responsabilidades en sus manos, te invito hoy a que te detengas un momento, a que orilles tu auto, que apagues el motor y te preguntes: «¿A dónde voy tan de prisa? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Porqué vivo así o asá? ¿Dónde está el mapa de esta carretera?»

¿No convendría acaso detenerte un momento, hacer un «Alto en tu vida» y ver cómo estás viviendo? Mira, si has vivido hasta ahora de cierta forma, seguramente seguirás viviendo igual en el futuro, nadie cambia de la noche a la mañana, y lo más probable es que mañana te levantes con el mismo carácter, emociones, sentimientos, actitudes, etc. ¿Porqué no echar un vistazo hacia atrás, a todos estos kilómetros recorridos hasta ahora? Seguramente los kilómetros que siguen serán muy parecidos, o por lo menos conducirás tu automóvil de la misma manera. Antes de seguir hacia adelante, veamos qué hemos dejado atrás. ¿Cómo hacerle? ¿Cómo podemos echarle un vistazo a tu vida hasta este día? Para eso necesitamos tener mucha imaginación . . . .

 Nuestro Sacramento

Por Dra. Montserrat Baños – Profesor de Metafísica del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn. 15, 13), esta acción es la expresión de la entrega total, sin reservas, por y para el amado quien a su vez también ama. Este amor correspondido es el mayor y más perfecto pues crea un dinamismo fecundo de bien que renueva y trasciende a los amantes, generando vida nueva.
Cuando Dios es invitado a santificar este amor, la gracia lo renueva desde su origen y se convierte en signo eficaz por el que se derrama el amor de Cristo, dicha unión tiene su expresión personal y social formulada en el compromiso de los votos.

Origen y concepto
El matrimonio es un vínculo, una alianza en el que hombre y mujer se unen totalmente y se comprometen
para siempre por amor. Desde la perspectiva meramente humana, el matrimonio se funda en la natural
complementariedad que existe entre varón y mujer. La materia de la alianza es la persona misma, la cual es indivisible, de ahí que su entrega sea total. La razón de su indisolubilidad se asienta en que sólo el compromiso libre, consciente y hasta la muerte es la condición suficiente para la donación total de una persona, para la honesta acogida del otro y, por lo tanto, el mejor y más adecuado principio para una nueva vida.

Diferencia entre el matrimonio civil y católico o religioso

El amor es un don y una gracia. El amor de los esposos tiene su fuente en Dios, que es Amor y Padre. Dios mismo es el Autor del matrimonio (GS 48,1). Desde la Creación el Padre amó y bendijo al ser humano, hombre y mujer, como creaturas dignas de vivir y compartir la experiencia del amor más perfecto, infinito, gratuito y fecundo. Este Amor correspondido es la comunión que existe entre el Padre y el Hijo, cuyo fruto es el Espíritu Santo. El designio de Dios para Adán y Eva: “sed fecundos y multiplicaos, y llenad tierra y sometedla” (Gn. 1,28.) es la manifestación de esta invitación a participar en lo más íntimo de su vida divina, que sólo puede ofrecerse a quien se reconoce como digno y goza de libertad. El vínculo del matrimonio es creado y vivido primeramente por Dios, en un primer momento en la alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel, Dios es fiel y ha elegido a su pueblo, le procura su bien. Esta antigua alianza sirve de preparación para la Nueva y eterna Alianza, en la que el Hijo de Dios se encarna, uniéndose con toda la humanidad, y entrega su vida para salvarla. Lo cual se manifiesta en el banquete de bodas, la Eucaristía. Cristo revela al hombre el amor del Padre, amor recíproco, total y fecundo, que es la vida divina. Aquel que es todo Amor, compadecido de la caída y debilidad humana, se adelanta, nos primerea: hace suya esta condición, se compromete plenamente con ella. Anticipa su misericordia en el anuncio del misterio de la Encarnación. Este Padre amoroso que nos creó, toma la iniciativa y asume totalmente la naturaleza humana en sí mismo. Así el Hijo de Dios se hace hombre, tras la respuesta fiel y humilde de la joven inmaculada: el fíat de María. Gracias al misterio de la Encarnación la persona como unidad, tanto en su cuerpo como en su alma, ha sido unida a Cristo, de manera que por la redención el hombre es invitado a ser, con su cuerpo y con su alma.

Sacramento de su Amor.

A la luz del misterio de la Encarnación, Cristo eleva a la persona humana en su totalidad, facultándola en todas sus expresiones para ser a su vez signo vivo e instrumento del amor divino. De aquí viene la peculiaridad única del sacramento del matrimonio: por medio de este sacramento el hombre y la mujer son ministros mutuamente de la gracia sacramental, con su cuerpo, con su alma, con sus acciones, pensamientos y afectos, para complementarse, ayudarse y dar vida nueva. En el sacramento del matrimonio hay dos personas que entran al mismo tiempo en la esfera de la gracia. Esta gracia creada por el sacramento convierte al hombre y a la mujer en instrumentos inmediatos de la acción divina y en transmisores de la corriente de vida que se encuentra en Dios. (K.W. El don del amor. p. 89). De esta manera la unión matrimonial encarna y efectúa de manera única y con integridad exclusiva las dos acciones propias del amor más perfecto: la donación de la propia persona hacia el amado y la aceptación del otro que se entrega, así también la propiedad fecunda por la que engendran nueva vida, con lo que participan en la Creación. La gracia creada en los esposos por el sacramento del matrimonio, se la deben el uno al otro recíprocamente, pues ellos son los ministros de este sacramento. Si uno de los dos no aporta su libertad y su decisión, no habrá sacramento, y por lo tanto no habrá gracia (K.W. El don del amor. p. 89). Como efecto del matrimonio se crea un vínculo por el que se derrama la gracia que fortalece la unidad, perfecciona el amor de los esposos y los ayuda en su vida conyugal y paternal.

Importancia del matrimonio

La salvación de la persona y de la sociedad está estrechamente ligada a la prosperidad del vínculo matrimonial y familiar. Cuando este vínculo matrimonial se descuida, lo que está en juego, al igual que en su origen, son no sólo las personas involucradas, los esposos y los hijos, sino su comunidad y la sociedad. Es de vital importancia reconocer el valor intrínseco de la alianza del matrimonio, su fortalecimiento y procurar los medios para el desarrollo pleno y consciente de los cónyuges. El matrimonio es la estructura elemental e irremplazable sobre la que se funda la familia, donde la persona encuentra su lugar en el mundo, crece, madura, se procura y aporta bien a la sociedad. Es el origen del ecosistema que garantiza óptimamente el relevo generacional, satisfaciendo las necesidades en las etapas críticas y asegurando el aprovechamiento y continuidad de conocimientos y valores adquiridos. Desde una perspectiva personal, es la respuesta libre y generosa al llamado del amor más grande, vínculo recíproco que, inmerso en la gracia, a su vez salva y perfecciona al amante y al amado.

Mi pareja a quien amo

El amor hay que cuidarlo. El ocaso del amor es un proceso sutil, casi imperceptible en sus comienzos, del que no nos percatamos con facilidad hasta que las cosas han llegado a un extremo aparentemente insoluble. Para reconocerlo se requiere una gran agudeza y finura en el análisis de los acontecimientos cuya aparente trivialidad encierra consecuencias definitivas.
A veces el enfriamiento empieza con la falta de ilusión por regresar a casa de parte del marido, ya sea porque su trabajo le exige a menudo horas extras, o bien porque piensa que basta con dedicarle a la familia todo el domingo.
Todo esto puede indicar que él está perdiendo interés por estar con su esposa y con sus hijos.
Pero también podría ser culpa de la esposa, que ya no se preocupa por resultarle atractiva o lo recibe con indiferencia. Otras veces la indiferencia se manifiesta en la poca atención que ella le dedica a su hogar, o a que
descuida variar la comida o porque no se preocupa de su arreglo personal. En la medida en que la vida familiar es la armonía de las dimensiones del amor conyugal (física, emocional y espiritual), los cónyuges saben que cualquier deficiencia en uno de esos aspectos puede desequilibrar el conjunto.
Por ejemplo, si no se obtiene gozo y plena satisfacción en las relaciones sexuales, entonces, aparecerá un motivo de conflicto e incomprensión que hará menos grata la intimidad. Asimismo, cuando falta afecto y ternura en el esposo, la mujer se siente como un simple objeto de placer para su marido, experimentando la perturbadora sensación de no ser amada de verdad.
La integración afectiva y el compartir los ideales e identificarse con ellos son necesarios para conservar el amor e incrementarlo. Para ello basta con interesarse por el trabajo del marido o por las dificultades domésticas de la mujer; darle su importancia a una fecha significativa; arreglarse especialmente para recibir al esposo después de haber tenido un disgusto con él. Atenciones como éstas seguramente evitarán que el cariño se enturbie y que la idelidad se debilite.
Los esposos que quieran lograr la máxima perfección en el amor deberán tener en cuenta lo siguiente:


Disposición de entrega.

Amar supone pensar primero en los demás. Nunca debe negársele al otro nada razonable, aún cuando no sea del todo necesario, por pereza o por apatía. Antes bien, cada uno se esforzará positiva y activamente por procurar el bien del otro, brindándose atenciones y delicadezas. No se puede alcanzar la felicidad ni es posible brindarla con actitudes egoístas en las que prevalece la búsqueda de bienestar y del placer personal.
O los esposos se disponen a darse sin reservas, o no cabe felicidad dentro del matrimonio.
Reconquistar al otro día a día. Como consecuencia de lo anterior, es de esperarse que cada cónyuge se sienta impelido a volver a enamorar a su pareja, a reemprender continuamente su conquista. Despertar el amor en todos los aspectos es uno de los grandes retos que deben enfrentar todos los esposos y una señal de madurez espiritual, afectiva y sexual.
Ese desafío de la reconquista cotidiana implica algunos actos como los siguientes:
1. El hecho de que la mujer cuide siempre su apariencia física y su arreglo personal.
2. Mostrar interés por los asuntos de la pareja, pero sin entrometerse imprudentemente.
3. Evitar los celos infundados.
4. No dormirse disgustados y saber sonreír al despertar
5. Cuidar (él) la generosidad en lo económico y (ella) la distribución del gasto, evitando el despilfarro.


Todo lo anterior no siempre resulta fácil de llevar a cabo, pero en cambio resulta de gran valor para la felicidad
presente y futura de la familia.

En este proceso de mutua reconquista goza de un lugar preferente la comunicación, que nunca deberá interrumpirse. La ausencia de diálogo es lo peor que le puede suceder a los esposos. Pase lo que pase han de
conversar, de intentar llegar al fondo de las razones del otro, de comprender sus juicios y de facilitar con cariño una rectificación oportuna. Hay que saber disculpar y perdonar siempre.


Pero aún es mejor decir, con obras, “no” al rencor, a la venganza, al desquite, al recuerdo de hechos desagradables y ofensivos. Sólo así se conseguirá conservar vivo el amor y evitar romper el vínculo de fidelidad prometida, así como convertir el matrimonio en un remanso para los esposos, para los hijos, y para cuantos participen de su vida cotidiana.
Cuando la mujer sabe ser una esposa dulce, una madre buena y comprensiva; cuando siembra la alegría y la esperanza; cuando le abre caminos a sus hijos y allana un poco los del marido, aún cuando envejezca, como es inevitable, habrá sabido ganarse el afecto de su esposo, el cual tendrá la convicción de que, como madre de sus hijos y compañera de su juventud y edad adulta, su esposa es una mujer irremplazable. Y cuando el hombre pierda su fuerza, su vitalidad y su ánimo de trabajo, la esposa seguirá considerándolo su compañero del camino, su apoyo, ahora fatigado, que todo se lo merece sin importar su edad o su mala salud.
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Dimensiones del amor conyugal
El amor sexual o físico se manifiesta como una tendencia instintiva, en la forma de un atractivo físico mutuo que se dispone a expresarse de manera natural, se nutre de afecto y culmina, por lo normal, en la unión de los cuerpos y su consiguiente satisfacción sexual. Esa unión no sólo es lícita, sino que también es noble y buena. Por lo demás, es necesaria para consumar la unión de los cónyuges, ya que es expresión de su entrega total, así como para la procreación de los hijos.
Ahora podemos entender por qué solamente en el matrimonio encuentra el sexo su verdadero significado, pleno de humanidad: porque al contribuir a la integración de dos seres, la sexualidad es una manifestación de amor total y de unidad vital. Es necesario saberse dar y no buscar solamente el goce físico personal ni convertir el sexo en
un simple instrumento de placer y al cónyuge en un objeto del cual se puede disfrutar a capricho. El aseo, el ejercicio, el arreglo personal y todo lo que conduce a serle agradable al cónyuge es una profunda manifestación de amor conyugal.
La unión de los cuerpos debe ser la expresión y el resultado de una unión más profunda. El matrimonio, la unión  de los cuerpos expresa la unión total.


Amor afectivo-emocional
La convivencia de los esposos se basa por lo normal en la comunidad afectiva. El corazón humano necesita el testimonio del afecto: ansía sentirse querido y estimado. Los esposos deben tratarse de manera que de entre ellos brote esa satisfacción plena. Pero para ello es necesario saber querer y saber expresar el amor. Una caricia, una palabra de estímulo, de disculpa o de perdón, así como cualquier atención con la familia del cónyuge, entre otras manifestaciones de amabilidad aparentemente insignificantes, son formas apropiadas de profundizar en ese amor y de poder lograr esa unidad tan trascendente en la vida diaria.
Cabe destacar el siguiente aspecto, a saber: la delicadeza en el trato. La delicadeza equivale a un gran respeto; es casi una forma de veneración que debe mostrarse a cada instante como esmero, cortesía, ánimo de servicio y de ayuda.

Algunas manifestaciones de delicadeza son, por ejemplo, las siguientes:
1. Sugerir en lugar de mandar.
2. Invitar en lugar de obligar.
3. Sonreír aún en ocasiones difíciles.
4. No echarle en cara sus defectos al otro.
5. Alabar oportunamente una buena comida o una ocurrencia acertada.
6. Evitar las indirectas.
7. No elevar la voz destempladamente.
8. Evitar toda grosería en las expresiones.
9. Respetar el pudor del cónyuge.

Desde luego, hay muchas más cosas por hacer o evitar en este sentido. Se trata siempre, de no ser bruscos, de limar asperezas y de evitar las faltas de educación; no hay que hacer recriminaciones humillantes; se procurará
eludir cualquier palabra ofensiva y vencer el mal genio o superar el mal humor pasajero.
Todo eso exige mucha generosidad, entrega y sencillez, a la vez que requiere humildad y espíritu de sacrificio.
Pero finalmente conduce a la felicidad, a la paz y la alegría. Los esposos deben hacerse amables para facilitarse mutuamente su promesa de amor.
Amor espiritual-intelectual La tercera dimensión del amor conyugal es la que conduce a la comprensión mutua, a la integración de inteligencia
y voluntad en la unidad de ideales y en la aceptación de los principios que han de guiar la vida conyugal.
No se trata de estar siempre de acuerdo en todo, sino de llegar a un acuerdo mutuo. Cada uno de los esposos debe esforzarse por mostrarse receptivo a los ideales del otro para formar con ellos un proyecto de vida en común.
Es posible lograr, al menos, el respeto y la aceptación comprensiva de lo que se sienten incapaces de compartir.
Con este fin, los esposos deben conocer cuáles son los defectos y las virtudes de cada uno, de modo que consigan aceptarse y colaborar en su mutuo perfeccionamiento.
El conocimiento es inseparable del amor. Cuanto más se ama a una persona, mejor se le conoce. Por esta razón el amor entre los esposos, incluyendo la unión sexual, exige la luminosidad del conocimiento recíproco. Si no hay nada que comunicar, difícilmente habrá algo que compartir. El amor conyugal debe conquistarse día con día.
Algo que se olvida con facilidad y no se tiene en cuenta en el momento de analizar las diferencias y los respectivos puntos de vista ante determinados acontecimientos es el hecho de que cada sexo tiene características distintas, aunque complementarias. Se suele decir que el hombre es cerebral y que obedece más a la lógica, que prefiere la
esencia de las cosas en menoscabo de los detalles. Por el contrario, la mujer parece regirse más por los sentimientos, lo concreto y lo existencial, de modo que le afectan en mayor grado las variaciones del carácter y
las emociones del momento.
A las cualidades distintas les corresponden defectos equivalentes. Así, al hombre suelen atribuírsele la fortaleza y la creatividad, la acción y la razón, en tanto que a la mujer se le reconoce una actitud emocional más intensa y una mayor sensibilidad.
La intuición de la mujer es sorprendente. Su vida gira más en torno a su propia intimidad, de donde proceden su intensa vida interior y su gran ingenio. Tiene una enorme capacidad para gozar con los detalles. Su amor se manifiesta fundamentalmente como ternura y alegría. Busca ser mimada, protegida y verse rodeada de atenciones.
El hombre es en el amor como un torbellino que no tarda mucho en sosegarse, absorbido como está por sus ocupaciones profesionales o sociales. La mujer es más bien un murmullo que no cesa y que siempre está pendiente de su amor. El hombre es como la lluvia que pasa; la mujer, en cambio, se asemeja a la tierra que permanece. ¡La madre tierra! El hombre, ante todo, mira, mientras que la mujer gusta de ser admirada.
El hombre es abierta tendencia al mando, en tanto que la mujer domina sutilmente por medio de las sinuosidades del sentimiento. La sensibilidad es el lado débil de la mujer, pero el orgullo es el flanco más vulnerable del
hombre. La mujer requiere el apoyo del hombre para entregarse a él; pero a cambio de esta seguridad ella aporta su ternura y su comprensión.
En fin, todas esas diferencias son las causantes de muchos conflictos cuando no se valoran objetiva y serenamente.
Sin embargo, bien utilizadas, esas divergencias son la clave de la felicidad y de la perfecta complementariedad del hombre y de la mujer.
Los esposos deben vivir en un clima abierto a la entrega, superando el egoísmo y aceptando el modo de ser y las imperfecciones del cónyuge, e incluso aquellas cualidades que para el otro pueden parecer defectos. Nada mejor, pues, que mantener en pie un constante deseo de ayuda que contribuye a subsanar los errores y conduzca a la certeza de que muchas cosas desagradables no podrán corregirse en unos pocos días.
No es fácil lograr esa unión de espíritus, pero es trascendental procurarla cada día adoptando una actitud leal, recta, humilde, paciente y sincera, todo lo cual supone un elevado sentido de la libertad, un respeto profundo por las ideas y las características del otro y una aceptación de la perspectiva de cada cual, de su peculiar visión del mundo que, con un poco de buena voluntad, podemos hacer nuestra así sea sólo pasajeramente.
El matrimonio es la unión de un hombre con una mujer. Él debe amar y apreciar la feminidad de ella, y ella la masculinidad de él.
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Elementos del amor conyugal
Fuente: sembrarfamilia.org
Lo que no significa que lo hayan realizado plenamente, sino tan sólo que han comenzado a vivirlo. En efecto, el resto de su vida lo pasarán procurando hacer realidad su amor conyugal e intentando dar y recibir todo aquello que los mejore como cónyuges. Su vida matrimonial será un esfuerzo nunca interrumpido en el que intervendrán los éxitos y los fracasos; la generosidad y la amargura, y las alegrías y las penas.
Es decir, un conjunto de realidades inevitables, de detalles aparentemente insignificantes, pero que resultan heroicos y decisivos en el cotidiano ejercicio de la fidelidad.
En todo este proceso interviene el amor, que, si bien no alcanzará su plenitud desde el primer día, será en cambio una búsqueda incesante e ilusionada.

Al principio los cónyuges pueden experimentar un cariño muy fuerte, ya que éste es producto del enamoramiento, pero sólo llegarán a quererse de verdad tras un largo proceso de maduración personal.
El día de la boda comienza lo que ha de desarrollarse durante toda la vida. El amor auténtico exige un proceso constante, una superación continua. No admite la rutina. Si no se procura acrecentarlo y renovarlo sin cesar, entonces siempre estará en peligro de languidecer. Y un cariño que se entibia mata la felicidad y despoja de
sentido a la fidelidad.

El encuentro verdadero y total no se realiza de un día para otro ni bastan dos o tres años de trato.
Al casarse, los cónyuges adquieren el compromiso de incrementar su amor. Desde luego, comenzar es fácil, pero
lo que importa es llegar a la meta. Los problemas y los dolores (que nunca faltan) no ponen en peligro al amor; al contrario lo consolidan y lo confirman. El sacrificio compartido une profundamente a las personas.
Los esposos tienen un compromiso: crecer en el amor.
El primer deber de los cónyuges es quererse. Se despeja así un nuevo horizonte en el matrimonio, entendido éste como instrumento de perfección. El amor matrimonial se basa en la diferenciación sexual entre el varón y la mujer. Ambos se reúnen en cuanto sexualmente son distintos y complementarios.
El amor conyugal hunde sus raíces en el terreno de la complementariedad natural que existe entre el hombre y la mujer, y se alimenta de la voluntad personal de los esposos de compartir íntegramente su proyecto de vida, todo lo que tienen y todo lo que son.
La unión matrimonial es, así, el fruto de una exigencia profundamente humana.
1. Amor conyugal. Es el amor plenamente humano, es decir, sensible, afectivo y espiritual al mismo tiempo. No es una simple efusión del instinto y del sentimiento, sino que es también –y principalmente– un acto de voluntad libre destinado a mantenerse en pie y a crecer a través de las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de tal forma que ello le permita a los esposos convertirse en un solo corazón y alcanzar juntos su perfección humana.
2. Amor total. Es una forma singular de amistad personal por cuyo medio los esposos comparten generosamente todo, sin reservas ni cálculos egoístas. La amistad se basa en cierta igualdad. En el matrimonio, el hombre y la mujer sexualmente distintos son iguales por cuanto tienen la misma dignidad y gozan de los mismos derechos como personas. Por tanto, la entrega total que exige el matrimonio sólo es posible en un clima de amistad conyugal y de amor por el otro. De aquí que el amor conyugal exija fidelidad para ser verdadero, es decir, que un hombre ame a una sola mujer y una mujer ame a un solo hombre, de modo que su vínculo resulte indisoluble y perpetuo.
En el amor conyugal no se puede aceptar parcialmente al otro; antes bien, hay que tomarlo con todas sus características. Por esta razón, amar al cónyuge aceptando solamente algunas de sus cualidades porque éstas nos proporcionan deleite equivale a considerarlo un objeto.
Entre los elementos de ese todo figura la sexualidad. Una unión sexual sin un amor maduro es un acto irresponsable que, lejos de construir, destruye.
3. Amor fiel y exclusivo. Es la unión de un hombre con una mujer para siempre. Si no es lícito que la mujer tenga varios maridos debido a la incertidumbre que ello introduciría por lo que se refiere a la responsabilidad paterna de la prole, así tampoco el hombre debe tener varias mujeres, ya que entonces no existiría verdadera amistad entre
hombre y mujer, sino más bien una relación de servidumbre.
El amor sexual entre hombre y mujer exige psicológicamente la exclusividad: el sentirse amado o amada por la persona gracias a la cual la vida adquiere sentido. En cuanto el amor sensible madura aparecen los celos, los cuales no son sino manifestación de esa tendencia a la
fidelidad que dice: “Quiero ser tuyo, te quiero para mí”.
Por lo demás, la infidelidad dificulta mucho la educación de los hijos:
• Por la humillación que esto representa para el cónyuge ofendido.
• Por el mal ejemplo que se da a los hijos.
• Por la falta de paz y armonía que termina por destruir el hogar.
El amor fiel, exclusivo y para siempre es asumido como un compromiso por los cónyuges en el momento en que
aceptan libremente y con plena conciencia el vínculo matrimonial y todas las obligaciones que éste conlleva. La fidelidad responde a la más profunda necesidad del amor sexual.
4. Amor indisoluble. Ello significa que el vínculo matrimonial es permanente. Se rompe únicamente en caso de que fallezca uno de los cónyuges. La indisolubilidad de la relación conyugal responde también a profundas exigencias humanas y resulta condición indispensable para la felicidad de los esposos y para la seguridad y la
tranquilidad de los hijos.
El amor verdadero, en la medida en que es entrega de una persona a otra, no puede estar condicionado; no es posible fijar límites al amor sin con ello falsificarlo radicalmente. La donación física es un engaño cuando no es la expresión de una donación total. Si uno de los cónyuges se reserva la posibilidad de decidir su futuro de manera independiente, entonces su entrega ya no es total.
La solidez del amor conyugal lo defiende de los altibajos del sentimiento y asegura la protección del más débil, que de otra manera quedaría en situación de inferioridad y sería objeto de discriminación.
Para que el amor conyugal se desarrolle en plenitud hace falta tiempo, pues es labor de toda una vida. No se puede lograr en unos pocos años lo que ha de irse conquistando a lo largo de toda la existencia. Como los paracaídas, el amor de los esposos necesita cobrar altura para poder desplegarse. Todos desean ser amados para siempre. ¿Quién quisiera que terminara su amor?
5. Amor fecundo. Es el amor que no se agota en la unión de los esposos, sino que está destinado a prolongarse mediante la procreación de otras vidas. Los hijos constituyen una de las razones más poderosas de la
indisolubilidad del matrimonio. La educación de los hijos, en efecto, lleva muchos años, por no decir que toda la vida. Así, esta labor exige que los padres colaboren al unísono y conjunten sus esfuerzos. Los hijos son de ambos padres, y por eso necesitan tanto al padre como a la madre.
El amor auténtico mira a toda persona y a todo en la persona: cuerpo y vida interior, virtudes y defectos, coincidencias y divergencias. Un falso concepto del matrimonio sería considerarlo exclusivamente un medio de
procreación que pudiese prescindir del amor; pero sería igualmente equivocado o pretender excluir a los hijos de la relación conyugal buscando en ésta sólo la dimensión amorosa.
El matrimonio reclama armonizar la unión física y afectiva con la afinidad espiritual. Ello es porque si no hay unión en cualquiera de las dimensiones del amor conyugal mencionadas, entonces el matrimonio perderá
estabilidad.
Cuando los esposos se quieren de veras buscan incesantemente perfeccionar sus relaciones sexuales a la par que procuran consolidar juntos su proyecto de vida.
Es en ese perfeccionamiento del amor en el que invertirán sus años de vida matrimonial. Y ello implicará superar fricciones, dificultades e incomprensiones con una sonrisa, con optimismo, con inversión de esfuerzo, etc. Sólo así se puede uno empeñar en la lucha que persigue la felicidad de dos.